LAS VEGAS: LENTEJUELAS, DESIERTO Y MÚSICA QUE ESPERÉ AÑOS PARA ESCUCHAR EN VIVO
La verdad es que nunca había pensado demasiado en visitar Las Vegas. Para mí era una ciudad de películas de comedia, hoteles descomunales, despedidas de soltero imposibles y un imaginario visual tan excesivo que parecía existir únicamente en la pantalla. También era la ciudad de The Killers, una de mis bandas favoritas, pero no imaginaba que terminaría encontrando tantas referencias personales, musicales y estéticas en un mismo viaje.
La razón principal de la aventura fue asistir al concierto de aniversario de Transatlanticism, de Death Cab for Cutie, y escuchar en vivo el único álbum de The Postal Service. Pero, como ocurre con los viajes, el destino terminó siendo mucho más que el evento que nos llevó hasta allí: hubo desierto, arquitectura monumental, cultura pop, comida apta para mi cuerpo celíaco, drag queens, sombreros, hoteles que parecen sets de cine y, por supuesto, lentejuelas.
Todas las fotografías de este viaje fueron tomadas por mi papá, quien no solo me heredó el gusto por el cine y la música, sino también una forma de mirar las ciudades como si fueran escenarios. Él ama la fotografía de calle, y muchas de mis imágenes favoritas del viaje existen gracias a su ojo atento y su paciencia para acompañarme a convertir cada parada en una pequeña sesión editorial.
EL GRAN CAÑÓN: UN PLANETA APARTE
Antes de llegar a Las Vegas visitamos el Gran Cañón, y debo decir que fue lo que más disfruté de todo el viaje. Se siente como otro planeta: inmenso, antiguo, abismal y difícil de comprender desde una fotografía.
La visita fue a través del territorio de la Nación Hualapai, cuyos miembros continúan protegiendo y gestionando este hábitat. Después de varias horas de filas, llegamos al paso de vidrio desde donde se observa la profundidad del cañón. El cielo estaba completamente despejado, había sol y, aun así, la temperatura era agradable.
Mirar hacia abajo desde ese punto fue una experiencia extraña: una mezcla de asombro, vértigo y respeto. No era solamente una vista bonita; era estar frente a una escala del paisaje que hace que una se sienta muy pequeña.
Agradezco a la Nación Hualapai por permitirnos conocer una parte de este territorio y por proteger un lugar que, de verdad, parece pertenecer a otro mundo.
MI VERSIÓN DEL VIEJO OESTE
En los años noventa, las series de televisión nos llevaban a muchos mundos distintos. Uno de ellos era el imaginario del viejo oeste: series como La doctora Quinn y películas que veía con mi mamá, porque a ella siempre le encantaron estas historias.
Así que, ¿cómo no aprovechar el paisaje de Nevada para hacer mi propia versión?
Para el viaje llevé un sombrero de Baggu, una marca que sigo desde hace tiempo. Sus sombreros colapsables son ideales para empacar, viajar y protegerse del sol sin sacrificar estilo. El que usé pertenece a una colección realizada con la artista Jessica Williams.
La blusa de seda fue uno de esos hallazgos que justifican visitar tiendas de segunda mano. Es de Alice + Olivia y la encontré en The Real Real. Para viajar, la seda siempre es una gran aliada: es ligera, fresca y puede transformar un atuendo sencillo en algo especial.
El pantalón fue una creación propia de suprarreciclaje. Nació a partir de una falda y una camisa de algodón, y fue posible gracias al patronaje y la costura que aprendí con la guía de Adriana Orozco, una profesora extraordinaria y experta en alta costura. Me gusta llevar prendas así porque cada una guarda una historia: no solo de cómo se ve, sino de lo que fue antes y de las manos que participaron en su transformación.
El detalle final fueron mis botas vaqueras soñadas, diseñadas y fabricadas en Argentina por Luz Principe. A veces una prenda basta para activar un personaje, y esas botas hicieron que mi versión del viejo oeste se sintiera completamente posible.
EL VIEJO LAS VEGAS Y LAS SHOWGIRLS
Después de recorrer el Gran Cañón, fuimos a conocer el lado viejo de Las Vegas: el que aparece en el video de “I Still Haven’t Found What I’m Looking For” de U2. Hoy, la calle principal está atravesada por un canopy gigantesco que convierte el paseo en una experiencia de luces, pantallas, música y turismo sin pausa.
Me animé a recorrerlo desde arriba y, aunque no me encontré a Brandon Flowers, pensé en él cuando vi el rótulo de vaquero. Después de todo, él es “The Man”.
Por supuesto, llevaba lentejuelas. En Las Vegas, no hacerlo sería casi una falta de respeto hacia las showgirls —o cabareteras, como solemos llamarlas en Latinoamérica—, mujeres que han construido una parte esencial del imaginario visual de la ciudad a través del baile, los tocados, las plumas, el brillo y la espectacularidad.
Las Vegas puede ser excesiva, artificial y ruidosa, pero también entiende algo importante: la ropa puede ser una celebración. Cualquier viaje es una buena excusa para ponerse una prenda extra.
EL CONCIERTO QUE ESPERABA DESDE EL COLEGIO
Ahora sí: fuimos a Las Vegas para ver el concierto de aniversario de Transatlanticism, de Death Cab for Cutie, y escuchar a The Postal Service interpretar en vivo su álbum homónimo.
Ambos discos forman parte de mi adolescencia. Mi papá me los prestaba para escucharlos mientras estaba en la escuela, en una grabadora Panasonic, cuando tener esos álbumes era también una forma de sentir que una había descubierto algo especial. Sí, muy hipster, pero con orgullo.
Nunca imaginé que tendría la oportunidad de escucharlos en vivo. Ver esas canciones convertidas en un concierto, años después de haberlas escuchado en mi cuarto o camino a clases, fue emocionante de una forma difícil de explicar. Hay música que acompaña momentos específicos de la vida, pero también hay música que queda guardada como una cápsula del tiempo. Escucharla en directo hace que pasado y presente se encuentren por unas horas.
El concierto fue en uno de los hoteles de Las Vegas. La ciudad funciona, en buena medida, como un enorme circuito de hoteles con espacios preparados para el entretenimiento: teatros, residencias musicales, clubes, restaurantes, casinos y salas de espectáculos. Si el objetivo del viaje es asistir a conciertos, shows o eventos, Las Vegas puede ser una opción mucho más accesible de lo que una imagina.
Para esa noche llevé un atuendo que ocupaba casi cero espacio en la maleta: una blusa de seda, pantalón, bufanda de algodón y zapatos de cuero fabricados con sobrantes. Una amiga dijo que los zapatos (de CRUDA) parecían un mueble, y lo tomo como un cumplido.
UNA NOCHE CON DRAG QUEENS
Hay anécdotas que solo pueden ocurrir en Las Vegas.
Estaba conversando con Gabriela, la suegra de mi papá, sobre las drag queens porque habíamos visto una valla del show de RuPaul’s Drag Race. Ella me dijo que nunca había visto un show drag en la vida real, y yo, sin pensarlo demasiado, respondí: “Jale, el show es hoy en la noche”.
Compramos las entradas y fuimos caminando al Hotel Flamingo. Llegamos y el valet nos guió hasta la segunda fila, justo frente al escenario. Todavía no sé si fue una equivocación, porque yo había comprado entradas para el “gallinero”, como decimos en Costa Rica.
Se apagaron las luces y Shannel se acercó con el micrófono a Gabriela, quien no habla inglés. A partir de ahí, uno de los comentarios recurrentes de la noche fue que había una señora tica que, por suerte, no estaba entendiendo todos los chistes vulgares.
La experiencia fue divertidísima. Para quienes disfrutan Drag Race, recomiendo muchísimo ir a un show: hay vestuario, humor, interacción con el público, baile, glamour y una energía en vivo que no se puede traducir por completo a la pantalla.


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